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Ópera
2 de Junio de 2016

Dido, la leyenda detrás del héroe

Por Martina Nudelman

Su primer nombre fue Elisa.

Cuenta la leyenda que, al morir su padre, el rey de Tiro dejó el reino en poder de su hermano, Pigmalión. Este nuevo rey, de gran codicia, obligó a su propia hermana a casarse por un misterioso tesoro con su tío Siqueo -también conocido como Sicarbas-, sacerdote del templo de Heracles y segundo hombre más poderoso del reino.

Sin embargo, Elisa supo negarse al mandato fraterno. Asesinado su nuevo esposo por orden del rey, ella, para callarle a su hermano el escondite del tesoro, lideró a un grupo de tirios fuera de su tierra. Se dice incluso que, de modo tal de engañar la ambición de Pigmalión, arrojó desde las embarcaciones bolsas de arena al mar, tras gritar que, cargadas de oro, eran una ofrenda para su difunto esposo.

Tras un largo viaje, ella los comandó hasta las costas del norte de África, donde los nativos le ofrecieron un pedazo de tierra, pero con una condición: su superficie tenía que abarcar la piel de un buey. Para Elisa, que se había ya enfrentado a la maldad de su propio hermano, ese no era un desafío. Cortó la piel en largos hilos y logró, así, obtener la tierra que se transformaría en una de las ciudades más legendarias.

Elisa dejaba su nombre tirio para convertirse, por siempre, en Dido, reina de Cartago.

Aproximadamente once siglos después, un poeta latino la volvió eterna en su muerte. Relata Virgilio en la Eneida que, tras la destrucción de Troya, Eneas comandó a los demás sobrevivientes troyanos en un viaje hacia las costas de Italia, donde fundaría – por orden divina- una nueva ciudad. Eneas se transformaría en el progenitor de Rómulo y Remo y, así, en el padre de la estirpe romana.

Sin embargo, su viaje hacia el destino encontraría obstáculos. Uno de ellos, la reina Dido. Poetiza Virgilio que la esposa y hermana de Júpiter, Juno, lanza una fuerte tormenta que obliga a las naves de Eneas a desembarcar en la tierra más cercana, Cartago. Ya en la Ilíada, la diosa odiaba a la estirpe troyana por el famoso juicio de Paris: cuenta el mito que, en el Olimpo, iban a otorgar una manzana de oro a la diosa más bella entre Venus, Juno y Minerva. Al no ponerse de acuerdo los dioses, Júpiter decide que sea Paris, el hijo del rey de Troya, quien dé el veredicto. Es así que el joven troyano da la manzana de oro a la que él creía más bella, Venus, madre de Eneas.

Juno, aún resentida por la elección de Paris, desvía a los troyanos con la tormenta para que Eneas no pueda llegar a Italia y fundar una nueva Troya. En Cartago, en el banquete de bienvenida a los troyanos recién llegados, Eneas se torna narrador de su historia: la destrucción de Troya, la muerte de su esposa troyana Creúsa, el destierro.

Las palabras de Eneas fueron amor y muerte.

Enamorada de él, la reina de Cartago, al día siguiente, lo invita a una expedición de caza por el bosque. Juno, que deseaba el fin de la estirpe troyana, lanza una nueva tormenta que aleja a Dido y a Eneas de la expedición. En el refugio de la montaña, la diosa los une en matrimonio. El plan era mantener a Eneas y a los demás troyanos en Cartago, lejos de la península itálica.

Sentencia Virgilio: “Fue aquel el primer día de muerte, fue la causa de los males”.

En la sociedad patriarcal, desde la que escribe Virgilio, que una mujer se casase por segunda vez debía ser condenado. La noticia, entonces, llega rápidamente a Yarbas, rey de una tierra cercana, que hace tiempo pretendía sin éxito dominar el amor de Dido. Es él quien implora al rey de los dioses, Júpiter, que, conociendo el destino fundador de Eneas, corrige inmediatamente el error del héroe. El rey troyano debía embarcarse nuevamente hacia Italia sin despedirse de la amada.

Canta el poeta latino: “Pero la reina – ¿Quién podría engañar a quién ama?- adivina la añagaza”. De nada importaron los ruegos de Dido, ni de su hermana Ana, que la había seguido desde Tiro. Eneas no escuchó el amor. El destino impuesto por los dioses se había vuelto más importante. “La mujer es siempre un ser voluble y tornadizo”. Esas palabras le dice Mercurio en sueños al joven troyano y, así, él se va.

Dido, sola y destrozada, esta vez engaña a su hermana Ana. Para quemar y borrar de su memoria los recuerdos de Eneas, le pide que construya una pira. Pero ese fuego no iba a quemar solo recuerdos. Se llevaría su cuerpo, su vida.

La Eneida de Virgilio forma parte de una tradición épica que se remonta a los poemas homéricos y que se centra en la figura del héroe, símbolo y modelo de un ser nacional. En la Ilíada, Aquiles es ejemplo del hombre griego del siglo IX a.c. por su valentía, rapidez y fortaleza. En la Odisea, el héroe, Ulises, ya no se caracteriza por la excelencia del cuerpo, sino por la inteligencia de sus tácticas, por ser el “prudente Ulises”.

Aproximadamente siete siglos después de los poemas homéricos, la Eneida es escrita, en cambio, desde una sociedad romana, donde el modelo de la identidad nacional es el estoicismo, filosofía basada en la mesura como vía hacia la felicidad. Eneas, a lo largo del poema, entonces, aprende a ser medido, a guiarse por la razón, por la pietas romana.

No es casual que, en contraposición, Virgilio construya una mujer como opuesto estructural del héroe. Por un lado, Dido también es reina. También sufrió el destierro. Pero, por otro, gobierna una ciudad que se convertirá en la enemiga de Roma durante las famosas guerras púnicas entre romanos y cartagineses. Y, por sobre todo, Dido es guiada en todo momento por la pasión, por el opuesto a la pietas romana, el furor. Así como la construye Virgilio, Dido es el antihéroe porque no termina de comprender – cegada por el amor- la importancia del destino de Eneas. Desde esta perspectiva, su muerte en el fuego de la pira es la negación de un destino, Roma.

Sin embargo, es como antihéroe que Dido adquiere la voz y la fuerza del oprimido.

Bajo el nombre de Elisa, elige huir de su tierra nativa antes que aceptar la orden de un hermano dominante. Ya bajo el nombre de Dido, elige morir en el fuego frente al dominio de la orden divina. Incluso en otra versión de su muerte, anterior a la invención de Virgilio, la reina también se opone al mandato del hombre. Aquel rey Yarbas, que menciona la Eneida, la obliga a casarse con él. Si no lo hiciere, su pueblo atacaría Cartago. Cuenta ese relato que Dido se clava un puñal el día de la boda.

En la versión de la Eneida, dedicada a Augusto y a la fundación de Roma, la reina de Cartago debía morir porque, en una cultura como la romana, la mujer no podía elegir. En cambio, hoy Dido renace del fuego como símbolo de emancipación de toda sociedad donde haya oprimidos, donde el espacio para los librepensadores no exista.

Su nombre fue Elisa. Eligió ser Dido, mujer que lucha.

 

Dido y Eneas, de Henry Purcell, estrena este martes 7 de junio con producción y coreografía de Sasha Waltz. Entradas, elencos y más información aquí.