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Ballet
7 de Octubre de 2015

Paloma Herrera:un don desmesurado

Por Brian Majlin

La madrugada del 21 de diciembre de 1975 un grupo comando del Frente Popular para la Liberación de Palestina -con apoyo de la Unión Soviética, que se disolvería un 21 de diciembre pero 16 años más tarde- tomaba el edificio de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, en Viena, mataba a dos guardias y tomaba de rehenes a más de 60 personas que liberarían tres días después en Argelia. En Argentina, un grupo de militares sublevados de la Fuerza Aérea resistía en la Base aeronáutica de Morón en lo que sería un adelanto del Golpe de Estado que sobrevendría tres meses más tarde, mientras que, en Buenos Aires, Marisa y Alberto Herrera recibían a su segunda hija a la que, sin saberlo, le daban un nombre cargado de simbolismo que marcaría su destino: Paloma.

Desde chica Paloma Herrera supo que sería bailarina. Tenía siete años cuando fue a una clase de expresión corporal y quedó fascinada, aunque insatisfecha:

-Quiero bailar con zapatos de puntas-, le dijo a su madre.

Poco después era parte del estudio de la mítica primera bailarina del Teatro Colón, Olga Ferri, y luego continuaría sus estudios en el Instituto Superior de Arte del teatro. Allí forjó, entre una auto disciplina impropia de su edad y una destreza notable, el carácter y la técnica que la arrojarían, apenas un puñado de años más tarde, a una prueba para el School of American Ballet.

Fue una llegada casual, porque el maestro Héctor Zarraspe la vio en una audición en el Coliseo, de Buenos Aires, y pensó que ese 'ángel' -según dijera muchos años después- debía tener una oportunidad. A los 15 años, sin la edad mínima (16) que requiere el reglamento, fue incorporada al cuerpo de baile del American Ballet Theatre que, con solo 19 años, la promovería luego a primera bailarina. Fue la más joven en lograr ese puesto y, un año antes, había recibido la visa laboral norteamericana con una curiosa denominación: “Extranjero de Extraordinario Talento".

Todo el vértigo que parece haber signado su carrera se esfuma en la coherencia de sus formas de ver el mundo. A su búsqueda por transmitir un mensaje y una forma de decir y hacer. Su frase de cabecera -diría en numerosas ocasiones en los más de 24 años de carrera que la pusieron ante millares de micrófonos- es y ha sido la misma: vivir el momento, sentir el presente.

En la heladera -que no tiene carnes, ni dulce de leche, ni vinos- tiene pegada una frase -'la vida no tiene que ser perfecta para ser maravillosa'- que es una declaración de principios. Paloma Herrera asumió una vida repleta de esfuerzos a los que, lejos de la queja, transitó con pasión y alegría. Dice, a cuanto entrevistador le pregunta, que no se ha sentido presionada. Que siempre fue libre. Que no ha tenido que hacer sacrificios. Que come sano por elección. Que hace yoga por elección. Y que para ella bailar es, en algún punto, como la meditación: la lleva a otro plano del universo.

Ha vivido su carrera como vive su vida. Como, dice, seguirá viviéndola. Decidió retirarse en buen nivel porque nunca supuso que llegaría a los 40 con el deseo intacto, pero así ha sido. Como no perdía ese impulso, decidió aventurarse a lo nuevo sin más motivación que la de seguir con su vida. Tendrá más tiempo, lo sabe y lo mastica, pero no lo padece.

Hay algo de su mensaje como legado, de ese que buscará transpolar a una marca de ropa 'cómoda, no de moda', que la obliga a marcar un punto de inflexión. Se siente una bailarina de otro tiempo. Un dinosaurio. Reniega de las redes sociales y lo que considera superficial, efímero. Insustancial.

Le han preguntado incansablemente por su vida privada y si debió dejar a un lado sus deseos de maternidad. Parecieron obligarla a lamentar algo que se impone como un mandato externo, respondió. E invirtió la carga para esgrimir que la elección de priorizar su carrera y no tener un hijo era, lejos del egoísmo, un acto altruista: un hijo no merece menos atención por el deseo de sus progenitores.

Brilló en cuanto escenario la convocara. Desde sus premios en Bulgaria a los 14 años a ser fotografiada junto al presidente de los EEUU, Barack Obama, en la Casa Blanca, en 2013. También fue la primera bailarina que, como parte de una compañía norteamericana, llegó a actuar en Cuba, en 2010. Ya había estado allí en 1996, cuando quedó deslumbrada y siempre reivindicó a la isla como un lugar que le fascinaba.

Paloma vuelve al Colón para despedirse, en su casa -aunque casi toda su carrera fue parte del American Ballet- y buscará dar su último mensaje. Buscará sembrar, una vez más, el asombro y la magia. Su vida es un fotograma que se repite una y otra vez en la que, sea como Julieta o como Giselle, Paloma siempre está bailando y encantando. Ha sido libre en la danza y busca la paz en el cierre.  

"Soy una persona común y corriente", suele repetir ella. Es así, claro: es una persona común y corriente con un don desmesurado. 

 

Foto: Arnaldo Colombaroli